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Carpa Diem
Relatos de Pharodie - 3. Ejercicio de Narrativa I. El tema era "Relato a raíz de una noticia, comentario, anécdota, etc.". Elegí una noticia de una carpa con cara de persona. (2019)
Por Frandalf Publicado en Curso Narrativa I, Fantasía, Relatos de Pharodie, Revisado en 2 de agosto de 2020 0 Comentarios 8 min lectura
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Para leer este relato es necesario leer «Relatos de Pharodie» desde el principio, pues los relatos están encadenados y se autoreferencian unos a otros

Este relato sirvió de base para otro, Demonio en su tinta, que fue presentado a concurso y se publicó bajo en la antología «Huellas de lo Imposible» de la editorial Hela. Hay muchas cosas parecidas, pero el desarollo y final es totalmente diferente. Es preferible leer el otro relato primero.

A ver si lo he entendido bien —dijo Chirrido frotándose las sienes—. Cada año, tu… humano usa un tintero para hacer un pacto con un demonio para que, hasta el siguiente año, las cosas les vayan siempre bien.

—Correcto.

—Y la última vez que hizo este pacto una gota de tinta tocó a un ratón y el demonio le poseyó.

—Tal y como dices.

—Y entonces, justo después, tú te comiste al ratón endemoniado, pero en lugar de poseerte a ti lo… ¿asimilaste?

—No tengo otra explicación plausible. Verás, un demonio no puede poseer a un gato.

—¿Por qué no?

Bán le miró ceñudo.

—Alguien como tú debería saber por qué. La maldad de los gatos es superior a la de un demonio. Tenéis suerte de que seamos demasiado vagos para hacer más que lo que hacemos con ella. La cosa es que, tras comerme al condenado ratón, hubo un duelo de voluntades, que gané. Y desde entonces algo cambió en mí. No solo puedo hablar y razonar como las “razas superiores” —dijo Bán mientras marcaba las comillas con los dedos de una pata—, sino que tengo ciertas inquietudes que antes no tenía.

—Inquietudes.

—Sí, inquietudes, ¿por qué te sorprendes? Creí que, tú entre todos, me entenderías. Antes mi vida era la típica. Dormir, comer, dormir, jugar, dormir, romper, buscar caricias y dormir. Ahora necesito estar ocupado con algo, que mi mente trabaje para no aburrirme. Y es agotador. Quiero que todo eso desaparezca —dijo con fastidio—. Quiero volver a la vida tranquila de un gato corriente. Antes era… feliz, ahora pensar me impide serlo. Escuché que eres un Encontrador. Pues bien, quiero que encuentres una solución a mi problema.

—Eso no funciona exactamente así —dijo Chirrido, suspirando. Se sentía nervioso estando delante del felino, dada su propia naturaleza, como bien había dicho Bán. Vale que no era del todo una rata y que medía un metro y medio más que el gato, pero todos sus instintos gritaban que estaba en peligro. Sólo se le ocurría una forma de quitárselo de encima—. Pero puedo intentarlo.

Todas las ratas de todos los mundos tienen un poder peculiar. Si tocan un objeto pueden ver la historia del mismo desde el momento actual hasta su propia creación. Era un poder increíblemente útil para Chirrido, heredado de su ascendencia roedora, aunque ninguna rata lo usaba porque, ¿para qué? Él, en cambio, había montado un negocio alrededor del mismo. El mejor Encontrador de Pharodie, rezaba en el cartel de la puerta de su oficina. Podía encontrar objetos y personas perdidas, culpables de robos o asesinatos y un sinfín de cosas más gracias a su poder. Pero nunca había tenido que trabajar con nada relacionado con demonios.

Clavó la mirada en el tintero que había entre ambos. Extendió la mano, lo cogió y dejó que la historia del tintero se extendiese ante sus ojos.

Comenzó, como siempre, la secuencia de imágenes, a una velocidad pasmosa. Vio a Bán andar hacia atrás a toda velocidad desde su oficina hasta el almacén donde se encontraba el tintero, y vio que lo dejaba sobre la mesa. Los días y las noches se alternaban una tras otras en meros instantes. Allí estaba el humano, desescribiendo un pergamino con la tinta del ahora lleno recipiente. Luego la sangre goteó hacia un dedo herido que de repente se curó. Más noches, más días, cientos de ellos, en los que no pasaba nada. Las visitas del humano se sucedían esporádicamente, cada vez más joven, hasta que de repente un día era otro. Su padre, entendió. Después de él vino otro, y otro más, hasta contar siete, tantas como generaciones de buenos negocios y vidas plenas para sus familias. Pero el séptimo cambió la rutina. Lo veía andar con el tintero por la calle, mientras retrocedía hasta llegar a un estanque, donde se encontraba hablando con…

—Oh, vaya, eso sí que no me lo esperaba.

—¿Qué pasa?

—Ya sé de dónde proviene el tintero. ¿Has oído hablar de Diem?

—Tengo en mi mente muchos nombres que no puedo asociar con nadie. Diem, Peblo… no tengo ni idea.

 

Chirrido esperó hasta que estuvieron recorriendo las oscuras calles de Pharodie para explicarlo.

—Es poco más que una leyenda urbana. Se dice que vive en un estanque del barrio de los elfos, y que es un pez con cara humana. Si te lo encuentras puedes pedir un deseo. Un ancestro de tu humano debió pedirle algo para que todo le fuese bien, y le dio el dichoso tintero. Pero es una zona muy concurrida, si siempre estuviese ahí sería ampliamente sabido. Quizás no lo encontremos, hazte a la idea.

—No importa. Esperaré el tiempo que sea necesario.

Tardaron casi una hora en encontrar el lugar. Era un hermoso estanque entre las delicadas mansiones élficas de la zona. Se acercaron despacio a la orilla y esperaron un buen rato, atentos a las oscuras aguas, pero nada pasó.

—Bueno, creo que mi parte del contrato está cumplida. ¿Bán? —preguntó tras unos segundos sin respuesta.

—Oh, gracias, esperaré aquí. Quédate el tintero. Puedes hacer un pacto o vendérselo a Aidan, que de seguro soltará una buena cantidad de oro —respondió el gato sin apartar la mirada del agua.

—Pareces abatido. Ten paciencia.

—No es eso —suspiró, volviéndose para mirarle—. He estado dándole vueltas al asunto mientras veníamos. Antes lo tenía muy claro, pero ahora… No sé si quiero quitarme de encima mi nueva condición.

—¿Por qué dudas ahora?

—¡Por tu culpa, maldita rata! —bufó Bán a un sorprendido Chirrido—. Eres como yo, un bicho raro en un mundo que nos repudia. Deberías haber visto cómo me trataban todo con los que he intentado hablar. Un gato que habla, por lo visto, solo merece un escobazo o algo peor —explicó, con furia en la voz—. Y tú no eres diferente a mí, en cierto sentido. He oído sobre ti, te he observado antes de animarme a contratarte. Eres el único en tu especie, dentro y fuera de Pharodie. Los humanos y otras razas te desprecian y las ratas te rehúyen como si fueses alguien normal. Pero ahí estás, viviendo entre ellos, ayudándoles. ¿Por qué?

Chirrido sonrió con tristeza.

—Porque no permito a nadie decirme quién debo ser, tan solo eso. Soy quien soy y hago lo que me gusta y quiero hacer. ¿Crees que lo hago por ellos? Nada de eso. Tengo mis propios motivos egoístas.

—¿Cuáles?

—No tengo por qué decírtelos, es cosa mía.

Bán guardó silencio unos instantes, dejando que la tensión se disipase.

—Quiero trabajar contigo.

—¿Cómo? ¡Ni hablar!

—¿Por qué no? Eres un Encontrador. Quizás, contigo, encuentre un sitio donde encaje mejor, donde pueda ser… quien debo ser, quien quiero ser.

Chirrido retrocedió un paso, horrorizado por la idea.

—No, no, no. Jamás. ¡No hay forma de que te acepte como socio!

Un chapoteo siguió a sus palabras. Ambos se giraron a mirar el origen del mismo. Una enorme carpa les observaba con un inexpresivo y perturbador rostro humano.

Bán miró fijamente a la carpa. A la carpa que concedía deseos.

—Se me ocurre una forma de convencerte.

Para ser un gato, la sonrisa lobuna le salía bastante bien.

 

Pharodie


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