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Demonio en su tinta
Por Frandalf Publicado en Antología, Fantasía, Relatos de Pharodie, Relatos sueltos en 24 de julio de 2025 0 Comentarios 30 min lectura
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Este relato  fue presentado a concurso y se publicó en la antología «Huellas de lo Imposible» de la editorial Hela. Desgraciadamente la editorial cerró, por lo que, al recuperar los derechos, lo publico para compartirlo gratuitamente.  

 

—A ver si lo he entendido bien ––dijo Chirrido, frotándose las sienes—. Tu… humano tiene un tintero endemoniado. Cada primavera lo usa para hacer un pacto con el demonio que lo habita, asegurando así que todo le sea favorable durante un año: negocios, salud, cualquier cosa.

—Correcto.

—Y la última vez que lo hizo, una gota de tinta cayó al suelo, un ratón la lamió y el demonio lo poseyó.

—Tal y como dices.

—Y, justo después, tú te comiste al ratón, pero en lugar de poseerte… ¿asimilaste al demonio?

—No tengo otra explicación plausible. Verás, un demonio no puede poseer a un gato.

—¿Por qué no?

Bán le miró, ceñudo.

—Alguien como tú debería saber por qué. Nuestra maldad es superior. La cosa es que, tras comérmelo, tuvo lugar un duelo de voluntades, del cual salí victorioso. Desde entonces, algo cambió en mí. No solo puedo hablar y razonar como las “razas superiores” —dijo Bán mientras marcaba las comillas con los dedos de una pata—, sino que tengo ciertas inquietudes que antes no tenía.

—Inquietudes.

—Eso he dicho. ¿Por qué te sorprendes? Antes mi vida era la típica: dormir, comer, jugar, dormir, romper, buscar caricias y dormir. Ahora necesito estar ocupado con algo, que mi mente trabaje para no aburrirme. Es agotador. Quiero que todo eso desaparezca. Quiero volver a la vida tranquila de un gato corriente. Antes era feliz. Ahora pensar me impide serlo.

—Aún no sé cómo puedo ayudarte; no tengo ni idea de temas demoníacos.

—Ahora llegaremos a eso. ¿Por dónde iba? Ah, sí. Verás, no solo puedo razonar, sino que también cosas.

—¿Cosas demoníacas?

—Sí, Chirrido. Cosas demoníacas —respondió el gato con fastidio—. Por ejemplo, sé que necesito el tintero para poder librarme del demonio. No ha desaparecido como tal; está en un resquicio de mi mente, arañando y gritando en un intento por tomar el control. La cuestión es que, gracias a él, sé que necesito el tintero para revertir esto. Intenté hablar con Aidan, mi humano, poco después de mi transformación, pero lo único que conseguí de aquel que me había criado y mimado desde pequeño fue que intentara matarme. Creyó que quería engañarle, romper el pacto con el demonio y robar su alma. Paparruchas. Bán se tomó un instante para lavarse una pata. Si no supiese que era imposible, Chirrido habría jurado que había dolor en las palabras del gato.

—Disculpa, es la costumbre —continuó—. En fin. Jamás le había visto empuñar un arma, pero ahí estaba, intentando ensartarme con una vieja espada. Hui, claro. No es que la manejase bien, pero si algo he aprendido con todo esto es que los accidentes ocurren —aseveró—. Estuve unos días deambulando por la zona, esperando que las cosas se calmasen y, cuando al fin volví, me encontré una mansión vacía. Ni rastro de Aidan, ni de sus siervos y criados. Ni del tintero, claro. Y es aquí donde necesito de tus habilidades: tengo que encontrar a Aidan. Sé que no puedo pagar por tus servicios, pero necesito tu ayuda.

Chirrido tardó unos segundos en responder. Se recostó en la silla y se frotó el mentón sin apartar la mirada ni un instante de Bán. Blanco y con algo de sobrepeso, el gato le miraba a su vez, altivo, desde encima de la mesa donde estaba sentado. Lo hacía como siempre miran los gatos: sin parpadear, con las pupilas convertidas en dos finas rendijas y sin expresión alguna. Chirrido contuvo un escalofrío. Se sentía nervioso estando delante del felino, como no podía ser de otra forma. Todo su ser le gritaba que se alejase de él, que era peligroso tenerlo cerca. Pero aun así…

—¿Por qué yo?

Debes ser tú.

—Comprenderás que, dada mi propia naturaleza, sienta un rechazo extremo por ayudarte.

—Es por tu naturaleza que eres el más indicado.

—¿Porque soy una rata?

Bán sonrió. O pareció que lo hacía; era difícil de saber cuando uno no tiene una cara diseñada para hacerlo.

—Tampoco eres exactamente una rata. Eres medio humano, y es esa mitad la que me interesa. Te llevo observando unos días, dudando si venir a pedirte ayuda. He visto cómo te mira la gente, cómo te tratan. Ellos no ven lo humano que hay en ti, tan solo ven a un impostor con cabeza de rata, pelaje de rata y cola de rata. Ven solo al roedor. Y, aun así, te relacionas con ellos, vives con ellos, trabajas con ellos. Si alguien en todo Pharodie puede entenderme, eres tú. Pareces tan infeliz con tu situación como yo con la mía.

—No puedo negar que te entienda. Pero debe de haber otros que puedan ayudarte.

—Olvidas que eres el único encontrador de Pharodie, Chirrido. O eso pone en el cartel de tu puerta.

—¿También sabes leer? —bufó Chirrido, sintiéndose acorralado.

Bán tenía razón, claro. El único motivo por el cual podía vivir entre los habitantes de la ciudad era porque se había inventado una profesión que nadie más podía realizar. Era capaz de encontrar cualquier objeto, animal o persona perdidos. O eso aseguraba con letras grandes en el cartel a la puerta de su casa. Se mesó la trenza que le colgaba de la mandíbula mientras le observaba, dudando todavía. Aun sacándole un metro y medio de altura, incluso teniendo su gabán repleto de dagas y cuchillos ocultos, se estremecía cada vez que miraba sus ojos bicolor.

Suspiró.

—Algo me dice que, si no acepto, no me dejarás en paz. Está bien, lo haré. Aunque solo sea por perderte de vista.

       

La mansión de Aidan resultó ser un imponente edificio rodeado por unos hermosos y amplios jardines que ya empezaban a mostrar signos de abandono. Tal y como había contado Bán, estaba completamente vacía.Era evidente que había sido desocupada a la carrera, pues se veían por doquier prendas olvidadas, papeles desparramados o utensilios de la más variada naturaleza olvidados allí donde habían caído.

Recorrieron la casa en silencio, buscando cualquier pista que pudiese indicar el paradero de Aidan y del tintero, pero los pocos documentos que encontraron no eran más que viejos albaranes o libros inservibles.

—Esto es una pérdida de tiempo. No hay nada que nos valga para encontrarlo —comentó Chirrido, que había estado ojeando un libro de cuentas sobre el comercio marítimo que Aidan mantenía con varias ciudades del continente.

—¿Ya está? ¿Es todo lo que puede hacer un encontrador? —refunfuñó Bán, agitando la cola como si fuese un látigo.

—Oh, nada de eso. Esto solo acaba de empezar. —Cerró el libro con fuerza y lo dejó sobre una mesa—. Tengo algunos trucos en la manga, pero para el que voy a hacer ahora necesito que salgas y me esperes en el jardín. Necesito hablar con mis informadores —comentó, mientras se encaminaba hacia las cocinas.

—¿Informadores? ¿Aquí? Ya te he dicho que no hay nadie —respondió Bán mientras trotaba a su lado.

—Bueno, esa es tu opinión. Aún quedan algunas ratas. Bán se detuvo en seco y bufó.

—Aquí no hay ratas —susurró enfadado—. No en mi casa. Maté a cualquiera que intentó asomar sus sucios bigotes. Sin ofender.

—Solo hay una forma de saberlo, así que, por favor, espérame fuera. No tardaré demasiado.

Chirrido llegó a la amplia cocina un par de minutos después. Arrugó el hocico ante el olor dulzón de la podredumbre, proveniente de aquellos víveres que, en su apresurada marcha, habían dejado tras de sí.

Ahora que Bán llevaba semanas sin vigilar los alrededores, había rastros de roedores por todas partes; desde pequeños mordiscos en los restos de comida a huellas y deposiciones. Se puso en cuclillas en medio de la habitación y emitió una serie de agudos chillidos y chasquidos que, posiblemente, habrían puesto en guardia al gato en los jardines. Unos instantes después, tímidamente, apareció el primer roedor, tras el cual siguieron apareciendo algunos más a medida que recorrían los entresijos de la mansión, saliendo de sus oscuros escondites.

Nueve ratas lo rodeaban expectantes, al fin. Suspiró. No le acababa de gustar lo que tenía que hacer, pues enlazarse con la mente de las ratas siempre era confuso y agotador. Aunque tenía algunas sospechas de lo ocurrido con Aidan y el tintero, necesitaba concretarlas.

Conectó con las ratas una a una, con suavidad, para que no se asustaran demasiado. Hurgó en sus mentes, en sus recuerdos, intentando encontrar algo que le valiese como pista. Se centró en la idea de los humanos, o en el concepto difuso que las ratas tenían de los mismos. A su mente llegaron olores y sabores, pero también imágenes distorsionadas y grises, con un campo de visión que sería incomprensible para un cerebro humano pero que, para él, a mitad de camino entre unos y otros, casi le parecían entendibles. Poco a poco, vio a muchos de los habitantes de la mansión a través de los ojos de los distintos roedores, pero las caras y los detalles eran poco menos que una nebulosa en sus sencillas mentes. No buscaba rostros, pues no conocía el de Aidan; buscaba un aroma determinado, algo que los animales sí podían recordar bien. Buscaba el olor de la cerveza.

No tardó en encontrar el rastro apropiado, el hedor de un humano al que siempre le acompañaba la agria fragancia de la bebida. Se concentró en esa mezcla de olores, haciéndola suya, saboreándola. Cuando tuvo el rastro, desconectó su mente de las ratas, que se movieron aturdidas durante unos instantes. Les regaló varios trozos de manzana que llevaba en un zurrón y, sin más, se levantó y se dirigió a los jardines.

Bán le esperaba sentado en medio del camino, enfurruñado.

—Las he oído. ¡Ratas! ¡En mi casa! —exclamó con furia.

—Y ahí las vas a dejar, de momento. Vamos, tenemos una pista que seguir.

—¿Qué has sacado de ellas? ¿Sabes dónde están Aidan y el tintero? —preguntó el gato al alcanzarle. Tenía que trotar para igualar las zancadas de su compañero.

—Nada concreto. Las ratas son inteligentes, pero no se les puede sacar una información tan precisa. No, lo que he averiguado es quién era el borrachín de la casa.

—¿En serio? ¿Solo eso? Si pretendes encontrar a alguien en particular, déjame decirte que será en vano; intenté buscar a muchos de ellos por esta parte de la ciudad siguiendo mi olfato, pero no encontré a ninguno. Pharodie es demasiado grande. Está impregnada de demasiados olores como para poder rastrear uno en concreto.

—Lo sé, por eso no vamos a buscar al tipo en cuestión. Verás, hay mucha gente a la que le gusta invertir su tiempo libre y su dinero en beber. Y, cuando la gente lo hace, habla. Normalmente de más. Y es por eso por lo que los posaderos, taberneros y camareros son siempre una fuente de información a tener en cuenta.

—¿Y crees que te darán la información sin más? No creo que te reciban de buen grado por… ya sabes, tu apariencia.

—Eso déjamelo a mí —respondió Chirrido, dedicándole una sonrisa siniestra.

         

La posada se llamaba La Redoma Verde. Constaba de un pequeño patio, que albergaba unos modestos establos, y de la propia posada: una construcción de piedra de dos plantas, con habitaciones en la superior y un acogedor salón en la inferior. No era, por mucho, la posada más lujosa de la zona, pero era una de esas que atraían a los trabajadores, siervos y criados que trabajaban y vivían en los palacios y mansiones de los señores acaudalados del Barrio de las Lámparas.

Chirrido y Bán entraron por el patio trasero, pues no querían armar alboroto apareciendo por la puerta principal. No habían avanzado más de un par de metros cuando escucharon un pequeño chillido en los establos. Un chaval, de no más de doce años, se había quedado congelado mientras cepillaba a un caballo; los miraba, boquiabierto.

—Buenos días —le saludó el encontrador con amabilidad—. ¿Serías tan amable de llamar al dueño de la posada? Dile que Chirrido quiere hablar con él.

Tras unos instantes de estupor, el muchacho dejó caer el cepillo y corrió hacia la puerta trasera de la posada, que cerró tras él con un portazo.

—¿Crees que funcionará? Si fuese yo, atrancaría las puertas y llamaría a la guardia —dijo Bán.

—Enseguida lo sabremos. Tengo cierta reputación entre los hosteleros de la ciudad, aunque nunca he venido por esta zona. Esperemos que haya oído hablar de mí.

—¿Reputación? —preguntó el gato, extrañado—. ¿Qué reputación?

No pudo responder, pues la puerta se abrió de golpe. De ella salió un hombre alto y ancho de hombros, con un cuidado y poblado bigote, calvo como un huevo. Sujetaba una escoba entre las manos como si fuese un arma.

—Largo de aquí, bicho inmundo —exclamó, agitando su improvisado garrote.

—Paz —dijo Chirrido, mostrando las palmas de las manos—. No vengo con afán de molestar, dañar o robar nada. Solo busco información. Y puedo pagar por ella. Quizás hayas oído hablar de mí. Soy…

—¡Sé perfectamente quién eres! Sé qué es lo que ofreces y no me interesa. No hay ratas aquí. ¡Largo!

—Tres —respondió Chirrido con tranquilidad, sin retroceder un paso ante los aspavientos cada vez más cercanos del hombre.

—¿Qué?

—Tres. Hay tres ratas en tu posada. Dos en el sótano, una en la cocina. Créeme, puedo sentirlas.

—¡Pues las habrás traído tú!

El hombre dio un paso más, acercando la punta de la escoba a la cara de Chirrido.

—Si las hubiese traído yo serían más. Muchas más. —Su voz era melosa, casi un susurro, pero estaba cargada de amenaza. Dio un paso, apartando la punta de la escoba y se acercó al hombre—. Veinte. Treinta. Cincuenta. En cada habitación, en cada cama, en cada mesa. Tu posada no duraría abierta una semana.

El posadero palideció y dio un par de pasos atrás.

—O podemos hablar civilizadamente y me encargaré de que esas tres ratas se vayan hoy mismo, señor…

El hombre pareció aguantar la respiración durante unos segundos. Finalmente, soltó el aire con un suspiro y bajó la escoba.

—Lasthor. Mi nombre es Lasthor —respondió pasándose la mano por la cara—. Dime qué demonios quieres y lárgate de aquí.

—Busco información sobre Aidan Van Root. Ha abandonado hace poco su residencia en Pharodie y se ha marchado con todos sus enseres y sirvientes. Sé que al menos uno de ellos venía asiduamente a tu local, y seguro que habrás oído historias de su boca al respecto. Necesito saber a dónde ha ido.

—¿Aidan Van Root, dices? Sí, un par de sus criados solían venir por aquí. Se ve que el hombre perdió la cabeza de un día para otro. Por lo que contaban, quería abandonar la mansión porque estaba encantada o no sé qué zarandajas. Al parecer, le daba pánico cruzarse con cualquier animal, e incluso decía que por la casa rondaba un gato endemoniado.

Al decir esto, clavó la mirada en Bán, que esperaba tranquilamente sentado a un lado de Chirrido.

—¿Sabes a dónde fue? —se apresuró a añadir Chirrido, alejando su atención del gato.

—Los hombres se quejaban de que tendrían que mudarse una temporada sin determinar a Rocagrís. Se fueron hace tres semanas. Es lo único que sé.

Chirrido maldijo. Sus sospechas se confirmaban. No solo había puesto tierra de por medio, sino que había puesto mar. La mera existencia de Bán debía de provocarle un miedo inenarrable.

—Supongo que partiría desde el puerto de Vientofuerte, ¿no es así?

—Tal y como dices. Y es todo lo que sé. Ahora, saca a esas sucias ratas y largaos de mi posada.

—Está bien, un trato es un trato. Deja las puertas abiertas y las sacaré de aquí. No las dañes si las ves pasar, por favor. Y otra cosa. Deja caer una talega con sobras una vez a la semana por la boca de la alcantarilla que hay a la salida del patio. Me aseguraré de que las ratas de la zona lo acepten como pago y no pisen más tu negocio.

Lasthor masculló un somero «gracias» y desapareció dentro del edificio.

—Así que esta es la reputación que tienes, ¿eh? —preguntó Bán una vez solos—. Alejar a los roedores a cambio de sobras. Todos ganan.

—Correcto. Y también de información cuando lo necesito. Ahora, sal y espérame al otro lado de la calle. He de llamar a las ratas.

Media hora después salieron por la puerta norte de la ciudad, que ya empezaba a llenarse del tráfico diario proveniente de las granjas cercanas, por un lado, y camino al puerto de Vientofuerte, al noreste, por el otro.

En cuanto puso un pie fuera, Chirrido se detuvo y se volvió a mirar la enorme ciudad que comenzaba a desperezarse ante él.

—Es la primera vez que salgo de la ciudad.

El gato se sentó a su lado, mirándole fijamente.

—Ya me has ayudado mucho más de lo que esperaba. No hace falta que me acompañes; intentaré conseguir el tintero por mis propios medios.

—No es eso, Bán —respondió Chirrido, devolviéndole la mirada con una sonrisa—. Es solo que no sé cuánto más podré serte útil fuera de aquí. Pero haré lo que esté en mi mano.

De nuevo se encontró con la mirada inamovible de los felinos. Chirrido intentó con todas sus fuerzas no estremecerse.

—¿Por qué me ayudas? Sé que dijiste que era por librarte de mí, pero claramente no es así. ¿Por qué lo haces?

—Porque, aunque tu caso y el mío sean totalmente diferentes, sé cómo te sientes. Y cómo te sentirás —respondió tras unos instantes, encogiéndose de hombros—. Los dos somos únicos en nuestra especie. Puede que los humanos no sientan tanta aversión hacia un gato, pero te aseguro que quien no te tema intentará aprovecharse de ti. Los dos queremos encajar en el mundo que nos rodea y del que solo sacamos desprecio. Créeme, llevas poco tiempo con consciencia, pero no mejorará. No le desearía a nadie pasar por lo que yo he pasado. Si puedo hacer algo para ayudar, lo haré.

—Cualquiera que te desprecie por tu apariencia, por tu mestizaje, está cometiendo un error. Es lo único que puedo decir, y no es poco. Eres una buena persona, Chirrido. Un buen amigo.

—Quién lo diría, ¿eh? Un gato y una rata —respondió el encontrador, divertido—. De todas formas, dejemos la charla para el camino; no hay tiempo que perder. Debemos llegar a Vientofuerte antes del anochecer.

—No crees que lo consigamos, ¿verdad? Si ha cruzado el mar, tendré que olvidarme del tintero.

—Lo único a nuestro favor es que habrá tardado mucho en mover todos los bártulos que se ha llevado de la casa hasta el puerto. A eso súmale el tiempo para embarcarlo todo. Pero sí, es posible que lleguemos tarde.

       

Llegaron a Vientofuerte al anochecer, tal y como habían previsto. Al poco de partir, Bán se había empezado a quejar de que no podía seguir las zancadas del hombre rata con sus pequeñas patas, por lo que había acabado viajando en uno de los zurrones de Chirrido. Este estaba seguro de que era una excusa para dormir plácidamente durante todo el día, pero no tuvo más remedio que aceptarlo con resignación. Y, aunque no se despertó en ningún momento, en cuanto puso un pie dentro de la ciudad, el gato se espabiló y saltó del zurrón al suelo.

—Está aquí, puedo sentirlo —susurró, olfateando el aire salado que soplaba desde el oscuro manto del océano. Y, sin más, salió disparado entre la multitud.

—¡Bán! ¡Espera!

Chirrido salió tras él, haciendo lo posible para que la capucha que llevaba cubriera su rostro ante miradas indiscretas.

El gato zigzagueaba entre la gente de la abarrotada avenida principal con facilidad. El encontrador avanzaba tan rápido como podía, esquivando y empujando para abrirse paso. Temía no poder seguir el rastro durante mucho más tiempo si el gato se alejaba demasiado, pero, por suerte, Bán se metió por una calle lateral vacía de transeúntes y pudo acortar distancia. Unos instantes después se detuvo a una docena de metros de una lujosa posada de tres plantas.

—Está ahí —dijo sin resuello—. Siento cómo tira de mí, cómo me llama. El demonio en mi interior está fuera de sí. Qué ganas tengo de sacarlo de mi maldita cabeza.

—¿Estás seguro?

—Apostaría mis bigotes. Ahí, en esa ventana de la segunda planta.

La ventana estaba abierta y a oscuras. Acababa de anochecer, por lo que era difícil saber si la habitación estaba vacía o no; Aidan bien podría estar durmiendo o cenando en el piso inferior —pues de allí les llegaba el murmullo de las conversaciones y el olor de las cenas—. Tendrían que subir para comprobarlo.

—¿Cómo lo hacemos? No podemos entrar por la puerta principal —comentó Bán, dando voz a los pensamientos de su compañero.

—Trepando por la pared. Debería poder usar las junturas de los ladrillos. Vamos, el tiempo apremia —respondió Chirrido. Cogió a Bán por el cogote, que maulló sorprendido, y lo metió de nuevo en el zurrón.

Corrió hasta la pared, se aseguró de que no hubiera nadie mirando, y comenzó a subir con facilidad. Quizás no tuviese la agilidad de un gato, pero su ascendencia roedora tenía sus ventajas, y ser un gran escalador era una de ellas.

Unos segundos después, y tras un breve vistazo en el que comprobaron que no había nadie, entraron a la habitación.

—Dentro de esa caja —susurró el gato, que había saltado al suelo.

Chirrido se dirigió hacia el cofre que había sobre una mesa. Tenía un pequeño candado, que forzó sin dificultad.

Y ahí estaba. Era un tintero tan vulgar como cualquier otro. Tan solo un pequeño frasco de cristal con manchas de tinta. Sin marcas, sin relieves, sin nada que diese una pista de su verdadera naturaleza.

—Venga, salgamos de aquí antes de que venga alguien—susurró Chirrido tras coger el tintero.

Y, como si lo hubiese invocado, la puerta de la habitación se abrió justo cuando estaban a punto de llegar a la ventana. Tras ella apareció un hombre de unos sesenta años, con el pelo cano y cuidado. Vestía las finas telas que acostumbraba a usar la gente adinerada.

—Aidan —susurró el gato, en un tono que Chirrido no fue capaz de interpretar.

El interpelado miró al gato con los ojos desorbitados, luego al cofre abierto sobre la mesa y, por último, al tintero que Chirrido aún tenía en la mano. Retrocedió un paso, pálido, y llenó los pulmones con la intención de pedir ayuda a gritos.

—¡Espera! —chilló el encontrador, dando un paso—. ¡Espera, escúchame! No venimos a hacerte daño. ¡Solo necesitamos el tintero unos minutos!

—Demonios… sois demonios —susurró el hombre desde el quicio de la puerta, dudando aún si pedir ayuda o correr escaleras abajo para buscarla.

—No, no lo somos. Pero bien es cierto que el demonio del tintero está dentro de él. Solo quiere sacarlo. ¡Quiere devolverlo al tintero!

—Mientes. Tú… vienes a por mí, a por mi alma —dijo señalando al gato acusadoramente—. Sé lo que eres, lo que quieres. Pero tenemos un trato, las almas de siete hombres cada año a cambio de mi fortuna y de salvar la mía. ¡Vienes a por mi alma, ahora que tienes cuerpo! ¡No te la llevarás!

—¿Cómo? ¿Sacrificas a siete personas cada año para salvarte? —preguntó Chirrido, incrédulo.

—No, Aidan, escúchame —exclamó Bán, ignorando la pregunta de su compañero—. Solo quiero volver a ser normal, sacar esta cosa de mí y volver a ser simple gato. Tu gato, tu Bán, ¿recuerdas? ¡Solo eso! Quiero…—Bán dudó. Chirrido creyó volver a oír ese deje de dolor en sus palabras—. Solo quiero volver a casa.

Aidan lo miró con fijeza, con la mandíbula apretada.

—¡A mí la guardia! ¡Ladrones! ¡Ladrones en la posada! —gritó justo antes de lanzarse a por Chirrido para arrebatarle el tintero. Este trastabilló, sorprendido, y forcejeó con el hombre para que no pudiera quitárselo.

El gato observó la disputa durante unos instantes, paralizado. Vio cómo se iban acercando peligrosamente a la ventana. Si seguían así…

Bán saltó sobre ellos con un siseo furioso. Sus afiladas uñas dejaron surcos sangrientos sobre la cara de Aidan, que retrocedió, dolorido y sorprendido.

—Larguémonos de aquí —bufó, saltando sin más por la ventana.

Chirrido salió tras él, descolgándose con rapidez. Se dejó caer unos metros hasta poder agarrarse al alféizar de la ventana del primer piso, y de ahí saltó al suelo con agilidad, donde cayó a cuatro patas.

Corrieron hacia la oscuridad, dejando atrás las voces de alarma. Avanzaron a ciegas por una ciudad que no conocían en absoluto, evitando las calles principales y optando por los callejones cada vez más sórdidos a medida que se acercaban al puerto. Cuando por fin se quedaron sin aliento, volvieron a trepar por la fachada de un edificio y se tumbaron en su tejado, a seis metros sobre el suelo. Estaban exhaustos, pero a salvo.

—Dime que tienes el tintero —preguntó el gato tras recuperar el aliento. Chirrido le sonrió en respuesta. Se sentó y puso el pequeño frasco en la cornisa.

—Nos ha costado, pero aquí está. Espero que sepas lo que haces, Bán —dijo con seriedad—. Y que de verdad tengas al demonio bajo control.

—Es tarde para tener miedo, amigo —dijo el gato mientras se sentaba al otro lado del tintero—. Descuida. Sé lo que me hago. Creo.

—¿Crees?

—Bueno… te dije que sé muchas cosas gracias al demonio, pero ignoro cuáles son ciertas.

—Bán…

—No temas. Él tiene tantas ganas de salir de mí, como yo de librarme de él, te lo aseguro. En fin, no esperemos más.

Bán sacó una uña de su garra derecha, se cortó con ella la almohadilla de la izquierda y dejó que la sangre goteara en el tintero. Este se llenó mucho más rápido de lo que le correspondería con tan sólo unas gotas. Tampoco parecía ser sangre lo que lo llenaba. Ni tinta. Era una mezcla, un líquido espeso y oscuro, con brillos carmesíes, que parecía siempre en movimiento. Como si estuviera vivo.

Una forma vagamente humanoide surgió por la boquilla. La tinta formó unos pequeños brazos a cada lado, y también una cabeza de la que sobresalían unos diminutos cuernos. Unos ojos rasgados, rojos y brillantes, les devolvieron la mirada.

—¡Libre! ¡Libre al fin de este monstruo! —exclamó enfrentándose al gato acusadoramente.

—Estoy tan contento como tú de tenerte fuera de mi cabeza. Esperaba volver a ser yo mismo al sacarte —exclamó, decepcionado—, pero viendo que no, revierte mi condición y le devolveremos el tintero a Aidan. Todos felices, todos contentos.

El demonio le miró unos instantes.

—No puedo.

—¿Cómo dices?

—Que no puedo. No así, sin más. No te volviste inteligente solo por tenerme dentro. Algo se transformó en ti, tu cerebro se modificó y se adaptó para contenerme. Fue un… efecto colateral. No tuve nada que ver con ello. No puedo revertirlo porque sí.

—Algo se podrá hacer —intervino Chirrido—. Creo que no nos estás diciendo la verdad.

—Sí que lo hace —respondió el gato, muy serio.

—No puedo usar mi poder para arreglarlo sin justificación; hay ciertas normas a seguir. Pero siempre se puede hacer un nuevo pacto.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Chirrido, inquieto.

—Con un nuevo pacto podría revertir su condición y volver a convertirlo en un gato normal —dijo el demonio, volviéndose hacia él—. El pacto con Aidan se rompería, claro, lo cual no le auguraría nada bueno. Alguien tendría que tomar su lugar.

—No pienso matar a siete personas al año —susurró Chirrido, asqueado ante la idea—. Ni ofrecer mi alma. Piensa en otra cosa.

—¡Ni hablar! —terció el gato—. No tienes por qué hacerlo. Es asunto mío.

—Mirad, tengo tantas ganas o más de alejarme de vosotros, como vosotros de mí. No harán falta siete personas. ¿Qué os parecen siete insignificantes ratas, ya que estamos? —sugirió, mirando a Chirrido con malicia—. Anualmente, junto con la firma de renovación del pacto dentro de justamente un año.

—No se te ocurra… —comenzó a decir el gato.

—Lo haré.

—¿Te has vuelto loco? ¿Sabes qué pasará si fallas un año? ¿Si firmas un día tarde? ¿Si pierdes el tintero? ¡Se quedará con tu alma!

—Soy consciente, no te preocupes.

—¡Pero tendrás que matar a siete…!

—Ratas, sí —le cortó Chirrido, con una sonrisa triste—. ¿Qué más da? Solo son ratas. A nadie le gustan las ratas.

Hubo un silencio largo entre ellos, donde solo el rumor de las cercanas olas del mar hacía constar que el tiempo pasaba.

—¿Por qué?

—Ya te lo comenté. —El encontrador se encogió de hombros—. No quiero hacerte pasar por lo mismo que yo. No tienes necesidad de vivir con miedo a las miradas, a las intenciones ocultas, sufriendo el desprecio y el rechazo de los demás. Lo haré de buena gana, en serio. No es para tanto.

—Eres una buena persona, Chirrido, ya te lo dije —dijo el gato, con afecto—. Un buen amigo.

Todo el que ha convivido con un gato alguna vez, sea en el mundo que sea, sabe que no se pueden dejar cosas cerca del borde de una superficie, pues parecen sentir un malévolo placer en dejarlas caer por el mismo. Chirrido, que había evitado toda su vida cruzarse con ninguno de ellos, descubrió con estupor esa peculiar manía de los felinos. Bán empujó con unos pequeños toques el tintero hasta que este cayó por el borde del tejado. La caída fue acompañada con un pequeño chillido de terror y sorpresa, que se cortó súbitamente cuando el tintero se hizo mil pedazos contra el suelo.

El gato le devolvió la mirada a un estupefacto Chirrido.

—Creo que me vas a tener que aguantar algún tiempo más.

Para ser un gato, había que reconocer que la sonrisa lobuna le salía bastante bien.

 

 

Fin

bán chirrido Fantasía Pharodie


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